En su juventud, Willis había explorado las llanuras y montañas
de la región noroeste de los Estados Unidos: "había presenciado
el comienzo de las primeras iniciativas y había asistido a la fundación
de localidades primitivas, que muy rápidamente se convirtieron en
populosas e importantes ciudades.
Todo esto ocurrió en zonas hasta entonces desconocidas hasta
donde él tuvo que llegar con animales cargueros después de
largo y duro viaje a través de selvas, llanuras y montañas,
siguiendo las sendas de los indios... Estaba seguro de que podía
volver a realizarse".
El geólogo norteamericano regresó en septiembre
de 1910 a Estados Unidos, para contratar especialistas, adquirir el instrumental
y los equipos de campaña. Comprometió los servicios de cuatro
topógrafos y geólogos jóvenes, animosos y expertos,
con los que regresó a la Argentina. Un ingeniero argentino, Don
Emilio E. Frey -fallecido en 1964- ayudante en otro tiempo del célebre
perito Francisco P. Moreno, asumió el cargo de Asistente Jefe de
la que fue denominada Comisión
de Estudios Hidrológicos del Ministerio de Obras Públicas.
Otros dos ingenieros argentinos de ascendencia suiza fueron contratados
por la Comisión. El equipo se completó con dos rastreadores
y hábiles jinetes, los hermanos Torrontegui, criollos diestros en
las fatigas y pericias de una región semidesconocida.
Téngase presente que en 1910, cuando Willis comenzó
sus exploraciones en el norte patagónico, más al sur se realizaban
todavía cacerías de indios (ver fotografía y comentario
en la Historia de la Nación Argentina de la Junta de Historia
y Numismática Americana. Vol I, pags 668 y 669). En la tradición
oral del sur, recogida por un autor, se cuenta además, que se ofrecía
una libra esterlina "por cada oreja o genital" del que fuera indómito
señor de aquella inmensidad. Esta barbarie de "civilizados" obedecía
a que los últimos representantes de la raza semiextinguida, separados
de toda actividad productiva, se veían obligados a robar ovejas
de las estancias en el Sur, para dar de comer a sus hijos. Por otra parte,
si la Patagonia de 1910 ya no veía pasar el malón indígena
y los incendios devastadores, las cautivas o el degüello como treinta
años antes, constituía una región fronteriza temible,
carente de protección policial. Eran tiempos inciertos, donde una
gigantesca porción de territorio argentino, sometida al atraso económico,
suscitaba reacciones curiosas como las de cierto Senador nacional que sintetizó
su ceguera en un aforismo: " Lo único que la patagonia necesita
es una buena justicia y mucha policía". Sus bandidos y forajidos
eran célebres: chilenos, norteamericanos o argentinos, podría
afirmarse que esa región era un Far West sin desarrollo económico,
o en otros términos, que tenía del clásico Far West
todos sus defectos y peligros sin contar con ninguna de sus ventajas.
El trato inhumano a los indios se prolongó durante muchos
años. Según el testimonio escrito de un hombre apasionado
por la Patagonia -que conservo en mi archivo- en los años 1938 o
39 se desalojó a un grupo de aborígenes del Boquete
Nahuel Pan con inusitada violencia. Quienes realizaron el desalojo retribuyeron,
en nombre de un alto funcionario del Gobierno nacional, una atención
que había tenido con éste un estanciero de la zona: "Yo he
visto - escribe- el fulgor de las hogueras de los ranchos y la arriada
a montón como ovejas de los indios con mujeres grávidas y
niños desnudos. Eso se hizo con una raza que ha sido considerada
por los etnólogos como una de las más calificadas de la estirpe
humana. No se los civilizó, se los exterminó. Hemos reemplazado
ese hermoso contingente humanos que hubiera dado por cruzamiento con el
blanco ejemplares magníficos (...) De paso le recuerdo que los tehuelches
eran la única civilización indígena que utilizaba
el sistema decimal y sabía contar hasta infinito".
Pero volvamos a 1910. La expedición de Willis ya estaba
lista para partir. Se habían comprado 80 mulas y 40 caballos, estaban
contratados los peones y sólo faltaba salir a campaña.
Pero algo que ignoraba todavía el geólogo Willis, aunque
no tardaría en conocer muy de cerca, se interponía por primera
vez en su camino: la burocracia.
Durante dos semanas los factores y expedientes administrativos trabaron
la salida de la Comisión: las "intrincadas alambradas de púa"
de las oficinas cedieron al fin, gracias a la intervención personal
y al apoyo caluroso que Ramos Mexía brindó a la empresa.
Llegados al norte patagónico, los integrantes de la misión
se concentraron en el Campamento de Valcheta, situado en Río Negro.
Mientras se emprendían las tareas de triangulación y de toma
de niveles para los estudios topográficos, el resto de los científicos
se ocupó de examinar las posibilidades de encontrar agua. Después
de numerosas exploraciones, se comprobó, a los seis meses de trabajo,
que los esfuerzos habían resultado inútiles. No había
agua. Sólo se encontraban campos de roca volcánica y metamórfica
que carecían de las condiciones necesarias para acumular agua subterránea
bajo presión.
Esto significaba el fracaso de la tentativa aunque nadie se resignó
a admitirlo. Willis orientó entonces los trabajos hacia la posible
utilización del Arroyo Valcheta, que era un pequeño curso
de agua clara nacido a alguna distancia del pueblo de Valcheta. Pero el
nivel de su cauce era inferior a la meseta por donde pasaba el ferrocarril
procedente del puerto. Investigando el origen del agua del arroyo, se descubrió
que nacía en grandes manantiales debajo de una extensa meseta de
lava. El problema a resolver consistía entonces en practicar un
almacenamiento de cierta altura que permitiera correr el agua por un canal
hacia el puerto. Se concibió la creación de tres embalses
y un canal, con lo que el Arroyo Valcheta estaba en condiciones de satisfacer
las necesidades de agua de San Antonio, del ferrocarril en construcción
y además, de irrigar 4.000 hectáreas de tierra. La Comisión
recomendó que las tierras fiscales de esta región no fuesen
ofrecidas en venta, pues su valor aumentaría mil veces con la irrigación.
El ingenio y la competencia científica de la Comisión obtenían
su primer triunfo en el desierto reseco.
Simultáneamente, la Comisión Willis emprendió
otro experimento. El Ministro Ramos Mexía le había encomendado
verificar las posibilidades de explotación en el norte patagónico
del cultivo "secano", o sea de la siembre de trigo en regiones de poca
lluvia. A es fin, se eligieron algunas parcelas de tierra a lo largo del
ferrocarril, que fueron sembradas con trigo. Dicha tierra fue bien arada
y rastreada: se cubrió la superficie con paja para reducir la evaporación.
Pero no fue regado artificialmente ni despuntado, para poder observar el
desarrollo natural. Se enviaron muestras al Ministerio, que probaron la
viabilidad de sembrar trigo, bajo ciertas condiciones, en el norte patagónico.
Era el segundo triunfo de la expedición. Pero en las oficinas de
Buenos Aires se pensaba en cosas muy diversas.
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