Según era notorio, las compañías ferroviarias
de propiedad británica en la Argentina carecían de interés
económico para tender líneas férreas en aquellas zonas
del territorio nacional ajenas a la exportación de carne y granos.
Se imponía crear en consecuencia, líneas férreas de
fomento, formular planes de desarrollo de las tierras fiscales y empezar
a trabajar en el norte patagónico (Río Negro, Neuquén,
Chubut). Sabía el Ministro que en el Oeste norteamericano habían
prevalecido condiciones similares a la aridez del Sur argentino. En los
Estados Unidos, y mediante la ayuda estatal, se habían construido
ferrocarriles y el agua había surgido en aquellas tierras improductivas
gracias a la perforación de las napas artesianas. Esto último
fue el resultado de investigaciones geológicas preliminares.
Pero la geología era una ciencia escasamente desarrollada
en la Argentina del Centenario, tan poco difundida como la minería
que debía servir. Estro se debía al mismo criterio unilateral
que había orientado el desarrollo económico exclusivamente
hacia la agricultura y la ganadería. En la Facultas de Ciencias
Económicas se enseñaba a los estudiantes que la Argentina
tenía un destino puramente pastoril, "a la australiana", que nuestro
país carecía de recursos minerales.
De este modo, egresaban de sus aulas técnicos para la
contabilidad comercial necesaria en un país de intermediarios, pero
no economistas como, los requeridos por un pueblo integrado en todas las
ramas productivas básicas
Si la cantidad de geólogos que actualmente egresan de
la Facultad de Ciencias Exactas y naturales no pasan de cinco o seis por
año, puede imaginarse qué ocurría en 1910. El Ministro
Ramos Mexía aprovechó la presencia en Buenos Aires, con motivo
de un Congreso Científico INternacional que se realizaba en ese
momento, del Ingeniero Bailey Willis, reputado geólogo del departamento
de Investigaciones Geológicas de los Estados Unidos. Willis contaba
con una experiencia científica de más de treinta años,
adquirida en su país, Europa y Asia. Tenía en esa época
cincuenta y tres años de edad. Sus títulos de Ingeniero de
Minas, Doctor en Geología e Ingeniero Civil de la Universidad de
Columbia de Nueva York, lo mismo que su actividad profesional en los planes
de desarrollo económico de los Estados occidentales de su país,
lo habilitaban para la misión que había concebido el audaz
Ministro de Sáenz Peña. Por intermedio del Embajador norteamericano
en Buenos Aires, Mister Charles Sherrill, Ramos Mexía mantuvo una
entrevista con Willis. Sin anticiparle sus propósitos, el Ministro
interrogó a Willis. Sabía que el geólogo había
visitado la línea en construcción en la provincia de San
Juan.
"-¿Así que estuvo usted en Bermejo?- le preguntó.
-Sí, su Excelencia -respondió el Dr. Willis.
-¿Y habrá visto que estamos perforando allí?
-Sí y lo lamento -observó el geólogo.
Sorprendido, el Ministro lo interrogó:
-¿Por qué?
-Porque las condiciones geológicas son muy desfavorables.
No creo que se conseguirá agua."
Entonces el ministro ordenó que le fuera proporcionado
el informe oficial sobre el asunto y comprobó que el geólogo
tenía razón: se había llegado a perforar hasta 500
metros de profundidad sin encontrar el agua que se buscaba. En sucesivas
conversaciones llegó Ramos Mexía a la convicción de
que Willis era el hombre que necesitaba el país, por su competencia,
energía y lealtad. Por su parte, Willis no ocultó el entusiasmo
por la perspectiva de explorar el Sur, buscar en el subsuelo el agua requerida
y cumplir también la misión que le encomendaba el Ministro
de Obras Públicas: una evaluación global de las riquezas
y recursos naturales patagónicos, con vistas a su desarrollo
técnico inmediato. Se trataba, en consecuencia, de realizar un examen
topográfico completo, preliminar al estudio geológico en
un área que el Ministro señaló especialmente: entre
San Antonio, en el norte patagónico, y el Lago Nahuel Huapi, en
la región cordillerana.
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